Si hay que dar una respuesta a ¿qué quiero hacer con mi vida? es fácil: vivirla. 

Menudo día que amaneció este jueves en Santander. Cuando salí a correr por la mañana el sol ya empezaba a apretar, casi como en verano, con una brisa de nordeste soplando suave por encima de la bahía. 

Revisando los correos y organizando un poquito el día para la beca para la que estoy trabajando, vi en Facebook que la caravana ¿Qué quieres hacer con tu vida? pasaba por Santander. Había visto como buenos amigos con los que he coincidido durante la carrera ya habían hablado con el equipo, en Vigo, en Lugo, en Gijón…Hoy he tenido la suerte de que haya sido aquí, en un alto de apenas un día antes de llegar a Euskadi.

Con unos frutos secos y a la sombra de la estatua de Velarde hemos hablado de un montón de cosas interesantes: el talento, el conocimiento, la movilidad de los jóvenes, emprendimiento. la comunicación de las empresas… en definitiva un pequeño repaso sobre las cosas que están cambiando en el mundo y que tienen más calado entre los jóvenes que entre las estructuras empresariales que, aunque empiezan a reaccionar ahora, son lentas y no se están adaptando nada bien.

Creo que las empresas hoy en día tienen dos activos fundamentales, el talento y el conocimiento. El talento queda de la parte de las personas y retenerlo es complicado, pero también es cierto que las empresas se están encontrando con una generación preparada de formas muy diferentes a lo que había hasta ahora, en la que lo económico no es tan decisivo. Por otra parte está el conocimiento, que es la única herramienta que tienen para competir las organizaciones de economías como la de nuestro país, asentada y con cierto recorrido. Intentar competir en precio es muy complicado cuando hay rivales que sin gran esfuerzo, pueden conseguir precios más bajos que nosotros, tanto en los servicios como en los productos fabricados.

En esta situación, los jóvenes nos encontramos un mercado muy desalentador, en el que el acceso al empleo es a través de trabajos mal pagados y con muy poco recorrido, porque todavía no se ha entendido un mensaje importante en las empresas: el mundo ha cambiado. La movilidad es un aspecto fundamental y los jóvenes ya no buscan tanto una estabilidad en sus puestos como un entorno dinámico, que permita movimientos e incluso desplazamientos horizontales, rápidos y verticales en cantidad. Somos la generación mejor preparada, eso es cierto. Y también lo es que queremos aprovechar esa formación para transformarla en responsabilidad y en valor, en capacidad para ejecutar proyectos.

El retorno de la inversión en la formación de las empresas ya no consiste en retener a la persona formada entre sus filas, sino conseguir que, cuando esa persona se mueva, siga aportando valor a la empresa y lo haga de forma continuada, captando nuevos clientes, nuevos trabajos o nuevas alianzas. Es necesario entender que en el mundo aparecen nuevas formas de colaboración, buscando que todas las partes ganen parecido.
Los jóvenes estamos empezando a afrontar el trabajo como una relación entre pares, dónde la empresa da valor a nuestras capacidades y nosotros damos valor a la empresa.

Tras casi dos horas con Helena, Natalia, Sara y Sara (hay dos y son encantadoras) me llevo la tranquilidad de saber que mis preocupaciones no son sólo mías y que empresas como Everis y Abanca o instituciones como la Fundación Universidad y Empresa quieren poner caras a todo este murmullo, quieren medir de alguna forma el cambio que se empieza a producir.